martes, 19 de marzo de 2013

Manos en la piedra



De entre todas las manifestaciones del arte paleolítico hay un que, sin duda, cautiva la imaginación de todo aquel que la contempla. Me refiero a las pinturas de manos en cuevas a lo largo y ancho del mundo. Manos que nuestros antepasados olvidados, por motivos que tan solo podemos especular, dejaron grabadas en los abrigos de piedra. Según los expertos de la materia esas pinturas se realizaban de forma ritual, con carácter religioso. No seré yo quien les lleve la contraria. Sin embargo hay en ellas algo que subyace en el interior del alma humana, la necesidad de perdurar. 

Todo creador tiene esa misma necesidad, y en el desempeño de su arte, sea esta la que sea, manifiesta la necesidad de dejar constancia de su arte, de su persona. Los narradores no son menos. Todo aquel que escribe lo hace movido por muchas razones de peso, pero sin duda la de dejar una huella es común a todos. Todos los que escribimos aspiramos a ser leídos dentro de mucho tiempo. Aspiramos a que gente en un futuro escuche nuestra voz, y encuentre en ella desde simple diversión hasta consuelo. Aquel que diga lo contrario, miente.

Esta reflexión viene al caso por algo que cualquier persona observadora puede constatar; cada vez vivimos más rápido, los avances tecnológicos se suceden a un ritmo vertiginoso, el futuro ya es ayer. En el mundo del libro en España, por poner un ejemplo, incluso en la crisis que vivimos el ritmo de publicación es tal que obliga a las librerías a ejercer una rotación que apenas da un mes de vida a las novedades. Y esto en el mejor de los casos. Si esto sucede en un mundo tan arcaico como es el del libro, que no sucederá cuando hablamos de otros soportes.

El primer error que todos compartimos al pensar en Internet es que toda la información que en este momento podemos encontrar va a estar ahí para siempre. Falso. Toda la información de Internet se almacena en un número limitado de grandes servidores que, cada equis tiempo, hacen limpieza para no agotar su capacidad física. Muchas de las bitácoras que se leían hace años, muchísimos contenidos de listas de correos, foros de debate, páginas web, sencillamente se van por el sumidero. Está demostrado que un porcentaje bajísimo de blogs superan la barrera de los seis años. Eso por no hablar de formas de comunicación en Internet que como los grupos o listas de correo, sencillamente, pasaron a la historia o apenas tienen usuarios. 

Por ese motivo, cuando hablamos de wikinovelas o blognovelas, como en nuestra entrada anterior, o de Internet como plataforma para desarrollar contenidos narrativos, tenemos que tener muy claro la enorme fragilidad de estos soportes. Jamás en la historia de la humanidad se ha contado con un medio de comunicación tan rápido y eficiente, pero a la vez tan frágil. Para acceder a Internet necesitamos dispositivos electrónicos, conexiones a Internet, energía a fin de cuentas. Cierto, el libro en formato papel o esos abrigos de piedra donde nuestros antepasados grabaron sus manos tienen enormes limitaciones, pero son mucho más perdurables. 

Los autores tenemos que ser conscientes de todo esto y buscar formas de hacer perdurar nuestras creaciones. En este campo el concepto de transmedia se nos antoja como vital. Tal y como comentaba en la entrada del pasado miércoles, el transmedia es una técnica de creación de universos narrativos. Universos que emplean diversos soportes, analógicos y digitales, tradicionales y modernos, para crecer y desarrollarse. Es esa interconexión de soportes la única tabla de salvación que podemos encontrar en el caso de un naufragio digital. Eso y el convencimiento íntimo de que nuestro trabajo debe aspirar a permanecer para las generaciones futuras.




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